Rayuela y otras noticias

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Ayer (escribo esta nota el jueves pasado) llegó a mi casa un ejemplar de la edición conmemorativa de Alfaguara por los 50 años de “Rayuela”, la gran contranovela de Julio Cortázar. A esa misma hora, llegaba a mis oídos una mala noticia: al Canal de Panamá no le habían dado el Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. Era y es el año de Panamá, pero como se ve empezamos mal. Tuve un repentino y profundo cabreo, como si me lo hubieran denegado a mí y pasé un mal rato vespertino. Yo soñaba con que ese galardón, del que he sido jurado durante los últimos doce años, viniera a parar a manos de Panamá y que fundaciones europeas o institutos asiáticos podían esperar un año a que se produjera su momento. El jurado soberano estimó lo contrario y yo acato, pero lo deploro. Tardé, pues, un par de horas, en silencio total, en recuperarme, hasta que eché manos de la edición de “Rayuela” que tenía encima de mi mesa, en mi salón, lo que yo llamo el confesionario, donde me siento todas las tardes a leer y a escuchar música hasta que las horas se vuelven amarillas y comienza a oscurecer sobre Madrid. Es un episodio que se repite todos los días, pero a mí me gusta cada vez más ser un espectador cercano del paso de las horas de la tarde, entregado a la lectura y al jazz, y será por eso que en los últimos tiempos no tengo ganas algunas de salir a la calle por la tarde, sino quedarme en mi casa, como escondido del mundo, pero metido en mi mundo, entre las múltiples paredes de mi imaginación.
“Rayuela”, entonces. Cuando la leí por primera vez quedé asombrado de la maestría de Cortázar, del malabarismo verbal del argentino que nació en Bruselas en 1914 “accidentalmente”. Lo cierto es que había leído algunos libros de cuentos de Cortázar y ya estaba prendado de aquella forma extraña y a la vez tan clara para construir figuraciones que acompañaban al principio del relato, siempre sacada de la realidad. De ahí la discusión de si Cortázar es un novelista realista o un novelista fantástico, supongo que al propio Cortázar le habría divertido esta dicotomía que es muchas veces más arbitraria que verdadera. “Rayuela”, sin embargo, fue una epifanía que no ha dejado en ningún momento de sorprenderme, de modo que siempre que me acerco a sus páginas quedo deslumbrado como la primera vez que lo hice. Tengo por costumbre, echarme a la sombra en la tarde de los veranos de Madrid, en la casa de la sierra, después de trabajar por la mañana en algunos de los textos novelescos en los que dando revolviendo, y leer algunas páginas de “Rayuela”, algunos capítulos, sin orden ni concierto, como acercándome a un cuerpo inmenso cuya belleza literaria es difícil de alcanzar. Esta edición de “Rayuela”, llevada a cabo por Alfaguara, es además un regalo excepcional: trae, al principio del libro, un plano de París donde se desarrolla parte de la novela, especialmente “Del lado de acá”. Me he recorrido personalmente esos muchos lugares de París donde Cortázar dibuja su novela, he buscado las casas de algunos personajes de “Rayuela” y algunos bares de encuentro del Club de las Serpientes. He buscado en París episodios de La Maga y Oliveira, y yo mismo he llegado a creerme en cierto momentos un personaje de Cortázar inmerso en los hechos de la novela, de “Rayuela”, una suerte de monumento de la literatura de vanguardia en un momento en que la literatura y la vanguardia ya estaban de cada caída para muchos críticos y académicos. Per “Rayuela”, como “Ulises” o como “Paradiso”, es inmortal, permite siempre mil lecturas nuevas, llama al descubrimiento de nuevos hallazgos y clama porque ese hecho de la lectura sea un acto solitario de sólidas raíces en nuestras costumbres.
De modo que ayer (no olviden que escribo esto el jueves pasado) me pasé la tarde entre las horas amarillas y la noche leyendo algunos capítulos de la “Rayuela” de Cortázar, el gran capítulo en el que el Club de las Serpientes tienen una conversación, un debate, sobre la novela realista y cada uno de sus miembros da su parecer y luego estalla cada uno de ellos en una carcajada. El capítulo escrito en “glíglico”, esa lengua fantástica creada desde la nada y el todo que Cortázar convierte en un monólogo de amor, en un texto que se sugiere erótico, en literatura.
Luego cerré el libro y cerré los ojos. Me puse a pensar en Panamá y en el Canal. Me puse melancólico y, al mismo tiempo, me llené de añoranza. Y así, al final, me lo dije: también el año que viene será de “Rayuela” de Cortázar, y del Canal de Panamá. Y estaremos vivos para verlo.

Severo bajo la luna llena

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En junio hace muy buen tiempo en mi ciudad canaria. En 1979, en junio, en pleno Congreso de Escritores de Lengua Española, Severo Sarduy salía al malecón todas las noches, a partir de las doce, a regalarnos su sesión de danza negra. Bailaba como un negro-blanco-chino, con la delicadeza de una mujer y con el ritmo de un cubano. Sarduy, el poeta. Mientras tanto, nosotros ocupábamos las ventanas de nuestras habitaciones en el Hotel Iberia y asistíamos extasiados y divertidos el baile del parisino Severo Sarduy bajo la luna llena y tropical, que era parte de su vida sentimental. Al final del espectáculo, aplaudíamos desde nuestras ventanas y Severo, en prima dona, agradecía nuestros enloquecidos aplausos. Un par de días antes de la primera sesión nocturna, Severo había tenido un duro altercado con el poeta José Agustín Goytisolo. Fue en un ascensor, nadie supo a ciencia cierta lo que pasó, pero Goytisolo llegó al lobby del Iberia con su rostro ensangrentado y dando alaridos de piedad. Había sido Severo que, impertérrito, recorrió el espacio abierto del lobby, salió a la intemperie, cruzó la avenida y, ya en el malecón, inició sus primeros pasos de baile con su cuerpo en aquella malla blanca de profesional que le había prestado para esos menesteres artísticos otro bailarín de raza, Lorenzo Godoy. En ese congreso, Severo Sarduy fue un espectáculo sensacional, en sus intervenciones, con su simpatía, su sempiterna sonrisa, su ingenio, su alegría de vivir. Yo le había publicado en Inventarios Provisionales, en 1972, cinco años antes, una plaquette poética titulada “Overdose”, un original que él envió desde París y que dedicó a José-Miguel Ullán. La plaquette estaba compuesta por un poema titulado “Orquestica tántrica” y un poema circular, como “Piedra de sol” (de Octavio Paz, una de las fijezas intelectuales de Severo Sarduy), titulado “Espiral negra”, todo un universo esencial de los santos cubanos del Monte que escribiera Lidya Cabrera, desde los elegguas hasta los cafés parisinos que frecuentaban los cantantes cubanos, mamá yo quiero saber de dónde son los cantantes (no lo olviden ustedes). Parisinos y neoyorquinos, cuevas de Chicago habitadas por el jazz que los cubanos convirtieron en sones y danzones, “triángulo banjo cuero” de Nueva Orleans a La Habana y vuelta, “SOL filtrado por una empalizada bambú barcos de rueda -la orquesta a bordo-;reflejos de cobre SOL”: así Severo Sarduy, ya metido en Tel Quel, junto a Kristeva y otros locos que al final han terminado por escribir una literatura realista donde no cuentan otra cosa que su vida llena de riesgos privilegiados. Severo, pues: música, poema, baile: Cuba y París. En los 80, me llegó a Barcelona el original de “Colibrí”, bastante “Cobra” todavía, pero otra cosa, la misma literatura aunque con distinta canción, otro tono, otro ritmo, y Carlos Barral la publicó en la Bibliotheca del Fénice, donde tantos quisieron y tan pocos felizmente pudimos
Ahora se le rinde homenaje a la memoria del cantor, de su poema, de su manera de estar en la vida, desde el Instituto Cervantes hasta La Sorbona por Severo Sarduy, que pudo ser un genio aunque no se lo propuso ni quiso nunca serlo, sino un cantante, mamá de dónde son, pues, con los metales disparados en la música, dentro y fuera del templo de Ochúm, todo un ritual de caracoles y de coco limpiando la cabeza, sacándole las mugres al pecador hasta dejarlo limpio, dispuesta su alma a ser montada por los santos, así es la vaina cotidiana en Cuba, y Severo Sarduy nunca lo olvidó, sino que dejó su huella y la de sus esencias cubanas en cada una de sus novelas, desde “Gestos” hasta el final, “líneas de puntos blancos agrimensor de tu cuerpo negro”. Ahora se le rinde merecido homenaje en París, su otra y real ciudad, a Severo Sarduy, el hombre y el poeta, el bailarín de aquel congreso inolvidable, sus uñas arruinando la piel del rostro de José Agustín Goytisolo mientras el ascensor desciende rápido hasta el lobby, nadie sabe, pues, lo que pasó en esos pocos minutos, qué hablaron, qué se dijeron o qué hicieron, ese es mi homenaje de memoria a Severo Sarduy, ahora y todavía que François Walh y Gustavo Guerrero, entre otros sabios, van a hablar con su palabra de un Severo Sarduy único, ahora que hasta en La Habana se preguntan por qué el cantante no fue más aplaudido hasta ahora, como si hubieran recuperado la memoria de un golpe, como si Ochúm, y todos los santos, Yemaya y San Lázaro, se hubieran puesto de acuerdo para decir el nombre de Severo Sarduy entre tambores y flores de oro en las manos. Ahora en París y La Habana, lo recuerdo bailando bajo la luz ardiente de la luna llena en el trópico insular de mi tierra, junio de 1979.

Sartre en calzoncillos

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En mi primera juventud, apenas terminada la carrera universitaria y ya de nuevo en mi tierra, Las Palmas de Gran Canaria, asistía a una reunión “clandestina” a la que yo llamaba el Club de los Comunistas Perdidos porque todos o casi todos eran comunistas sin remisión. Eran poetas, trabajadores, oficinistas, pero sobre todo comunistas, entregados a la causa soviética como soldados a la guerra, lo que les permitía estar siempre en posesión de la “verdad” y, al mismo tiempo, emborracharse con whisky y coñac hasta acabar la reunión. Ese encuentro era semanal y yo aprendía mucho de ellos, que podían ser por la edad cada uno de ellos mis padres, aunque felizmente no lo era ninguno. Se ponían a hablar toda la reunión como si ellos fueran los reyes del mundo y una vez trataron, en una de sus discusiones (a las que yo atendía como un alumno que quería aprenderlo todo) a Sartre de Jean-Paul. Que si Jean-Paul por aquí, que si Jean-Paul por allá. Entonces alguno de ellos me preguntó, en medio de la tarde y el debate, si yo había leído a Jean-Paul. Por no mentir dije que había leído algunas páginas de “La Náusea”, “¿Qué es literatura?”, algunas pocas páginas de “El ser y la nada” (donde me quedé más en la nada que en el ser) y, desde luego, algunas páginas de “El idiota de la familia”. Me explayé con ellos: había leído esos libros de “Jean-Paul” por consejo de Emilio Lledó, que había sido profesor mío en la Universidad de La Laguna y a quien seguía viendo de vez en cuando. Añadí que Sartre no me había gustado gran cosa, que me parecía falso, así les dije, falso, que era un incoherente que llevaba una vida de sátrapa sexual en París y que luego en sus libros nos exigía coherencia a todos nosotros. Literalmente, traté de dejar a “Jean-Paul” en calzoncillos delante del Club de los Comunistas Perdidos. Como pueden ustedes suponer, se escandalizaron mucho y me reprocharon que no hubiera estudiado con más inteligencia los textos de “Jean-Paul”. Ellos repetían Jean-Paul al hablar de Sartre y yo veía al filósofo francés, falso, vendedor de humo y muy feo, sentado en el Café de Flore, allí, en Saint Germain de Près perorando como si fuera dios y yéndose luego a acostar con sus alumnas más ingenuas. “Es un viejo cabrón”, me atreví a decir en plena discusión sobre “Jean-Paul”.
“A mí me gusta mucho más Camus”, añadí. Se quedaron entonces muy asustados y volvieron a preguntarme que había leído de “Albert”. “Bueno, todo”, les dije casi de sopetón. Uno de ellos sacó la mirada de la reunión y puso su atención en la barra del merendero Las Torres, en las afueras de la ciudad, que era donde estábamos y donde nos reuníamos con frecuencia semanal, como ya creo que he dicho. Otro intentó un tartamudeo y otro se me quedó mirando fijamente. Como preguntándome en silencio si yo les estaba tomando el pelo. “Y no veo razón para que ustedes”, dije después, “traten a Camus de Albert. Con Sartre, como si lo quieren dejar en calzoncillos, pero de Camus podemos discutir hasta el amanecer”.
No nos amaneció porque uno de los poetas se puso de repente a hablar de Salvador; que si Salvador era un fascista, un burgués, un sinvergüenza; que si Federico viviera; que si Rafael llegó a sospechar como era Salvador: Claro, pueden imaginárselo: estaban hablando de Dalí y de la Residencia de Estudiantes, pero ahí, de verdad, ya no quise entrar, porque no tenía confianza ni con Salvador ni con Federico, por mucho que hubiera leído a García Lorca. Todos los miembros conspicuos del Club de los Comunistas Perdidos fallecieron de forma natural, aunque un poco antes del tiempo que les hubiera correspondido. “Los sufrimientos, la causa, la frustración”, me dijo un día las viudas de uno de ellos, cuando me la encontré en la calle del Poeta Tomás Morales. Los recuerdo a todos con añoranza, tal vez porque siento añoranza de aquellos años en los que contra Franco vivíamos mejor y estábamos seguro de estar en la verdad, la verdad soviética, que le ringa la guasamandrapa, mis amigos, aquella cosa del Muro de Berlín que se cayó estruendosamente, aquella cosa de moscovitas irredentos que se desmerengó sin remedio y se nos vino encima, nos quedamos sin enemigo y comenzamos a robarnos los unos a los otros hasta convertir este mundo en el infierno que vivimos. Tengo esa nostalgia del Club de los Comunistas Perdidos porque tampoco ya hay bebedores como ellos, gente que puede perder la vida defendiendo una idea, aunque ésta sea equivocada. Gente, en fin, inolvidable, que trataban a Sartre de “Jean-Paul” y a Camus de “Albert”. Nada más y nada menos.

El mundo de los Trask

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De los grandes novelistas norteamericanos de los años 30, ahora que según algunos agoreros la novela está muerta, John Steinbeck es uno de los que hay que volver a leer una y otra vez. “Tortilla Flat”, “La perla” y “Las uvas de la ira” serían suficientes para recordar para siempre en la literatura narrativa del siglo XX al Premio Nobel de Literatura de 1962, pero hay una historia eterna, llevada magistralmente al cine por Elia Kazan, que describe la condición humana en tiempos de crisis como los que estamos volviendo a vivir: “Al este del Edén”, la historia de los Trask. Adam vive con sus dos hijos, Aron y Cal, en el valle de Salinas, California, batallando por salir de un estado ansioso que tiene remotas y oscuras razones: el abandono de su mujer en otro tiempo. Luego vamos descubriendo que el mal aparente no es tan malo como el bien que se aparenta pero sólo se aparenta. Vamos descubriendo cómo Cal se rebela contra la maldición de Caín que su padre le ha echado encima, vamos descubriendo que al irascible y bíblico Adam, temeroso de Dios y convertido en Dios él mismo, no es tan temeroso de Dios ni tan cumplidor; y que el pretencioso Aron no es tan bueno ni tan recto como él se había presentado. En el fondo de toda esta oscuridad flota la sombra ausente de la madre, la misteriosa Cathy Adams, que en las afueras de la ciudad ha abierto el mejor burdel del valle. El encuentro entre Cal y su madre, en pleno burdel, es de una tensión trágica tan genial como real.
Me traje a París un ejemplar de “Al este del Edén” (Tusquets Editores), porque había visto la película la semana pasada y la puesta en escena cinematográfica de la novela me hizo pensar de nuevo en la novela realista, su relación con la condición humana y su encuentro con el cine. A pesar de que Kazan consigue una película extraordinaria, de lo mejor que vi en el cine hasta ahora, la novela es superior a la película, como suele suceder, salvo excepciones. Steinbeck es un maestro al tratar a sus personajes y situarlos delante de sí mismos, ante episodios que sin darse cuenta ellos mismos han provocado, con sus pasiones, sus voluntades y sus titubeos. La novela es, indudablemente, bíblica, y todas esas resonancias caracteriológicas andan hoy caminando por cualquier parte del mundo. Quiero decir que esta historia se parece mucho a otras muchas que conocemos, pero a la que no le damos forma ni contenido adecuados; se parece mucho a nuestro mundo de pasiones, a esta selva en la que andamos metidos, al sálvese quien pueda que cantan los peores a la hora de la crisis y la solidaridad. La enseñanza de la novela, aunque Steinbeck no es ningún moralista, es que nada es lo que parece, que lo que aparece y lo que se muestra puede ser tan engañoso como la fantasía, y que la condición humana tiene de todo, bueno y malo en un mismo corazón, pasión asesina y bondad infinita en la misma alma. Además, está el rencor, ese sentimiento que tiene tan mala prensa como buena memoria. Ya lo he contado en otras ocasiones: aquellos a los que ustedes escuchen hablar mal del rencor en público son los más rencorosos de todos. Como Aron en la novela de Steinbeck, parecen buenos al rechazar el rencor, pero son destructores y envidiosos, enanos morales y sumisos al poder que los somete; aquellos díscolos pasionales que andan como funambulistas en la sociedad que habitan no son tan malos: arriesgan en el aire, son generosos, quieren hacer el bien y su rencor es como el colesterol bueno. Porque hemos de aprenderlo de una vez: hay egos y egos, según sean los nuestros o los de los demás. Y hay rencor del bueno y rencor del malo. Éste último provoca, sin duda, una amargura que frustra al que lo lleva dentro, pero el rencor del bueno ayuda a vivir, ayuda a respirar en libertad. Como el colesterol del bueno, ese es el rencor de Cal: se siente traicionado, engañado, maltratado, ninguneado. Y encuentra en su madre perdida hasta entonces la sanación psíquica. En cuanto al rencor malo como el mal colesterol, ese es el de Adam Trask, el padre que se cree transmisor de las órdenes de “Dios” y que se lo ha inculcado a su hijo Aron; Adam, el marido abandonado con razón. Él, que parece cumplir con los mandamientos divinos, es el odio, el rencor malo, la mala memoria, la ambición excesivo, el celo exagerado. En fin, el mal que sólo rectifica en el momento de su muerte.

España contra Cataluña

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El President de la Generalitat, Artur Mas, ha descubierto el Mediterráneo una vez más. Ahora inventa un simposio titulado “España contra Cataluña”, cuyo título, y perdón por las resonancias retóricas, lo dice todo. Como si Cataluña fuera una parte del mundo que lleva tres siglos fuera de España, se habla del expolio español contra Cataluña y hay incluso historiadores serios, sin duda catalanes, que secundan el debate. O sea que todos estos siglos no han servido sino para que el resto de España, España en sí, como podría haber dicho Ortega y Gasset, se haya alimentado de la teta catalana. Agárrate ese cangrejo que va por agua a la mar, como dicen las gentes el salitre en mi tierra isleña. O el conejo me riscó la perra, como dicen también en mi tierra los cazadores de tierra adentro.
Seguro que sí yo fuera catalán, estaría en contra de este tipo de guerristas organizadas por los políticos de tres al cuarto para no coger el toro por los cuernos, sino el rábano por las hojas. Si yo fuera catalán estaría realmente asombrado del disparate que representa enfrentar a Cataluña con el resto de España en momentos, además, que nos es tan difícil sobrevivir a la crisis que nos acucia por tanto tiempo. Si yo fuera catalán seguramente sería periquito, del Español de Barcelona, periquito como los que deben estar tan asombrados como yo de que un país tan serio como Cataluña organice estas verbenas de locos para beneficio de los más mediocres. Si yo fuera catalán seguramente me encontraría en frente de esta locura de supuestas mayorías que lo que pretenden es el víctimas o histórico, por los siglos de los siglos. Si fuera catalán no las tendría todas conmigo como siendo canario, que es lo que soy, mitad venezolano, mitad cubano, que es la mejor manera que tengo de enseñarme como lo que soy, español canario. Supongo que como no soy catalán no tendré derecho a decir nada sobre Cataluña, o eso es lo que piensan los nacionalistas de cualquier pelaje, nacionalistas que en Canarias tampoco dan trámite a ninguna de mis querellas políticas. Meciéndose en un peligroso trapecio y jugando sin red, a la hora de la economía en la que nos encontramos, el President Artur Mas se columpia como quiere, en el aire de los locos, mientras Cataluña se hunde. Pícamelo menudo que lo quiero para la cachimba.

Un intelectual comprometido

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Quienes sostienen que ya no hay intelectuales comprometidos en España se equivocan. Aquí tienen a uno: Antonio Muñoz Molina. En un mundo lleno de clanes mediocres, de anacolutos literarios que se creen los reyes del mambo cantando en el cielo canciones de amor, de sectarismos mediáticos que niegan unos a otros, de Harold Bloom de bolsillo que aspiran a crear su propio canon y condenar al infierno a todos los demás, aquí está la figura y la obra de Antonio Muñoz Molina, con las justas concesiones a la sociedad y nunca a la galería.
Yo lo admiro sin ninguna duda, lo conozco por la lectura de sus libros, y en esas páginas, sobre todo en las de “Sefarad”, me hice amigo suyo; después lo conocí personalmente, casi fuimos vecinos en la sierra de Madrid durante algunos veranos en algunas de cuyas noches pasamos veladas extraordinarias hablando de literatura, de política, de fútbol, de la actualidad que nos acuciaba y nos interesaba. Bebimos buenas botellas de vino y nos divertimos mucho, de modo que me alegro mucho por Muñoz molina, y hago extensiva esta felicitación a su mujer, Elvira Lindo, escritora y sin embargo amiga.
El mundo intelectual de Muñoz Molina es todo un compromiso con el mundo que vivimos: tiene, como pocos, la pluma afilada y el ojo avizor; tiene como pocos una palabra justa; como pocos posee el don de la bonhomía y, como pocos, escribe sus libros. Podemos además estar de acuerdo o no con ellos, con sus artículos, siempre rigurosos, pero no podemos decir que Muñoz Molina, como otros muchos hoy en día, hace literatura light, que su compromiso es una pose social y que su ideología es débil y siempre puesta de perfil. Escritor comprometido, con la historia, con la calidad literatura y con su independencia ideológica, Muñoz Molina es un espécimen extraño en la vaga y baga literatura nacional de España, un paradigma a seguir o por lo menos a leer y a estudiar. Uno de sus maestros, Primo Levi, mueve esa conciencia que acaba de ganar el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Es la primera vez que no estoy en ese jurado como miembro del mismo desde hace doce años, pero no me hubiera costado nada votar a Muñoz Molina si hubiera sido jurado este año y una vez más. Me alegro por Muñoz Molina, me alegro por este país, que necesita estímulos superiores como la conciencia de este comprometido intelectual que desdice, finalmente, a quienes sostienen que ya no hay intelectuales como los de antes…

Entre lentejas y Cortázar

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En las lentejas de ayer estuvimos Chirinos, Eduardo Martínez y yo; el resto de los tertulianos lunáticos nos abandonaron a cambio de la vanidad de estar en la Feria del Libro de Madrid. No suelo ir a la Feria, ni a firmar libros, esa especie de exhibición en la que aparece el escritor, cualquiera que sea, metido en una jaula, vendiendo su propia mercancía, como si fuera un comerciante y no un escritor. Ya hemos dicho en multitud de ocasiones que hay escritores comerciales y escritores de literatura, aunque los primeros suelen ser anacolutos que le salen en salva sea la parte a la verdadera literatura. Ha dicho Dan Brown, un escritor de novelas best-sellers, que los escritores como él, los de los best-sellers, le dan mayor visibilidad a los demás escritores. ¡Qué los dioses le conserven la vista y su manera de reflexionar el negocio! Ha dicho hace unos meses otro escritor de autoayudas que Joyce y su Ulises le han hecho mucho daño a la literatura. Y se queda tan tranquilo el jesuita. Me da la impresión de que hay escritores que se vuelven locos por un titular y dicen lo que no piensan de una manera que sí la piensan, la piensan pero no la piensan bien, porque si estuviera bien pensado uno y otro, el gringo y el brasileño se darían cuenta de que meten la pata como cualquier soldado de pata en el suelo, apenas como el que no quiere la cosa, que decía Mario Moreno en su papel de Cantinflas. Como el que no quiere la cosa, pues, yo no suelo ir a la Feria del Libro de Madrid porque hay mucha gente y se levanta mucho polvo y mi alergia primaveral no aguanta un golpe de ese calibre, de modo que me quedo en mi casa, a resguardo del polvo del camino, a salvo de los admiradores que nunca he tenido, salvaguardando mi natural vanidad entre cuatro paredes, fumando un “señoritas” tras otro y oyendo alguna vez a Etta Cameron en su lamento negro de jazz y gozpel. Así también es la vaina de los escritores que no somos tan visibles como Dan Brown ni tan piadosos como Coelho, sino que nos refugiamos en la soledad de la primavera viendo caer las hojas muertas de las horas amarillas al anochecer en Madrid, una auténtica maravilla. Se lo dije a Chirinos en las lentejas de ayer y, aunque no muy de acuerdo conmigo, se divirtió con mi humor vespertino y con nuestra conversación, una vez más sobre Cortázar.

Mi ego en París

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París para mí: el mundo, la civilización, la elegancia, la clase. París para mí ego: la exaltación de la vida. Siempre que vengo a París me traigo a mi ego de invitado. Él me ayuda a saludar a la gente, a elegir los vinos a la hora de la comida, a saber qué tipo de paté debo escoger; me ayuda a hablar de mí cuantas veces quiero, olvidándome de los demás comensales, y me ayuda, cómo no, a ser el más brillante de todos los presentes o a creérmelo. Mi ego es un amigo. En París, en este viaje ocurrió sin embargo un suceso lamentable: nada más llegar a la Ciudad Luz mi ego huyó de mi. Salió del hotel corriendo como un perro detrás de su pareja recién encontrada. Huyó como un cobarde de mí, que lo había invitado a venir aquí como otras tantas veces porque los dos juntos nos divertimos mucho. El caso es que esta vez escogió él solo irse de parranda sin mí y anduvo dos días por ahí, callejeando como cuando éramos jóvenes, vitales y lamentablemente inconscientes, y yo, después de los primeros momentos de sorpresa, no quise buscarlo más y me decidí a descansar, a esperarlo a que volviera al hotel cansado, humillado, haciéndose perdonar. Nada de lo que pensé ocurrió. Mi ego sabía dónde iba yo a cenar una de estas noches del París lluvioso de primavera y ahí se plantó a contarme a mí y al resto de los comensales qué es lo que había hecho en estos dos días de ausencia, qué tesoros parisinos había descubierto, qué fechorías incandescentes y secretas había cometido. Al contrario que en otras ocasiones más o menos parecidas, mi ego estaba silencioso y cabizbajo: como si le faltara el aliento vital que siempre le ha sobrado. Esa sensación de cansancio total, le duró más o menos un par de horas, después de las cuales mi ego volvió a ser el de siempre. Comenzó hablando de lo mal que escriben muchos de los escritores de los que se dice con demasiada frecuencia que escriben muy bien; luego se metió con Sartre y otros filósofos franceses a los que llamó, con una desparpajo sin igual, “vendedores de humo”. Tomó mucho vino y se mostró brillante, hilarante y muy locuaz
, de modo que aquel en ego mío que había estado deambulando por París sin mí durante dos días reconocí a mi verdadero ego. Una de las cosas que más le gusta a mi ego es hablar en mi presencia de lo que él cree que él y yo sabemos y conocemos muy bien. Por ejemplo, de fútbol. Le gusta que hablemos de fútbol y que nos mostremos los dos de acuerdo en nuestras opiniones y criterios. Le gusta que hablemos de señoras que hemos conocido en otro tiempo, sin dar nombres, por supuesto, y sin llegar a lo que hemos visto horrorizados que cuentan los egos de los demás. Entonces mi ego contó que una vez un escritor que vendía muchos libros fue invitado a cenar en un lugar de honor por su editor, acompañado por tres o cuatro señoras. El ego del escritor contó esa noche con pelos, señales y nombres muchas de sus aventuras amorosas, ante el asombro y la vergüenza de los comensales, sobre todo del editor de sus novelas que al final de la cena lo llamó aparte y le dijo que nunca más editaría una novela en su editorial mientras él estuviera dirigiéndola. Cosa que cumplió, mi ego y yo lo sabemos. Por eso cuando me alaban diciendo mis amigos que tengo un ego terrible e inmenso yo siempre, ante la sonrisa callada y silenciosa de mi ego, preguntó en relación con quién. Porque por ahí, incluso en París, se ve cada ego trabajando sin parar que deja muy pálido al mío, mi atrevido ego que me ha llevado hasta donde hoy estoy, en la Ciudad Deseada desde siempre, la Ciudad que no se acaba nunca, la Ciudad de Mi Alma. Tanto ama mi ego esta ciudad que quiere que nos mudemos aquí cuanto antes, que huyamos de la mediocridad española que se ha convertido en una costumbre inadmisible, parte de la ruina voraz que nos acucia desde hace unos años y que parece que, como mi ego conmigo, se va a quedar para siempre con nosotros en España. En todo caso, me gustan estas excursiones largas al centro del mundo, me revitalizan, me reencuentran con el mundo, me hacen soñar con otros mundos y otras vidas que en otro tiempo me hubiera gustado conocer y vivir. Y, desde luego, vuelvo a repetirlo una vez más aquí, mi ego y yo estamos de acuerdo en casi todo, nos ayudamos mucho a vivir y a soportar los anacolutos morales que nos atosigan como fantasmas. De modo que lo siento por los enemigo: a estas alturas, y con lo bien que nos lo estamos pasando juntos en París, ni él ni yo estamos dispuestos a cambiar nada de nuestras vidas.

Continuidad del asesino

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La encuesta empezó un lunes, celeste y tragos, en las lentejas del Gijón. Pregunté a todos los comensales cuál era para cada uno el mejor cuento de Cortázar. “Continuidad de los parques”, contestó al instante Juan Carlos Chirinos. Le di la mano: también era mi preferido. “El asesino es el mayordomo”, añadió ante mi asombro Chirinos. “¡Como en las novelas de Agatha Christie!”, lo piqué. “Lo sé”, explicó, “porque los perros no ladran. Conocen al asesino”. Siempre había pensando, al leer y releer “Continuidad de los parques”, que no había asesino, que quien mata al lector que acaba muerto en el cuento es un enigma sin resolver. “No”, añadió Chirinos, “¿a qué viene la pelea del principio con el mayordomo por aquellas minucias de aparcería?”. Tanto a favor de Chirinos. La encuesta dio para todo. Algún comensal dijo que el asesino era lo menos importante del cuento, porque lo verdaderamente importante era el mismo cuento y la raya invisible donde se reúnen en el texto realidad y fantasía. “El detalle fantástico”, dije, “eso es lo importante”.
Pero puede, añadí, que no haya asesino porque es el mismo lector que lee el cuento el que se suicida en el mismo cuento. Ahí quedó la cosa hasta la semana pasada. Cenando con Liliana Tabakova, Eva Guerrero, Amir del Valle, Ricardo Sumalavia, Vargas Llosa y algunos profesores más, surgió el asunto. Estábamos en Sofia, Bulgaria, en un debate universitario sobre la literatura del peruano y en la noche, durante una cena en el Mediterráneo, una noche espléndida de polen y primavera, le pregunte de repente a Vargas Llosa que cuál era el cuento de Cortázar que más le gustaba. “El perseguidor”, me dijo. Le reclamé atención a “Continuidad de los partes”. “Está a la misma altura”, me dijo. “¿Y quién es el asesino?”, le pregunté. Le comenté las importantes incidencias del relato: la bronca del principio del cuento y que los perros no ladraron. “No ladraron”, me dijo Mario, “porque el asesino no entró desde el jardín, sino que salió de la misma ficción, del mismo texto”. Acertada intuición. Más tarde, un experto profesor búlgaro, experto en Cortázar cuyo nombre no recuerdo, entró a la cena y le pregunté de sopetón cuál era para él el mejor cuento de Cortázar. “Continuidad de los parques”, contestó. “Dime quién es el asesino”, le espeté con crueldad de fiscal. “No hay asesino…”, me dijo un poco asombrado. Él nunca había pensado en que ese relato tuviera un asesino escondido. Al contrario, como otros muchos lectores, me dijo que lo mejor del cuento era el texto y que no había que sacar conclusiones. Pero al mediodía del día siguiente, luego de mi diálogo con Mario en la Universidad de Sofia ante cuatrocientos alumnos, el profesor se me acercó. Me sonrió y me dijo que “el asesino es el lector”. “¿Qué lector, el que lee el cuento en el cuento, el mismo que es asesinado?”, le pregunté presuntuoso. “No, no,no”,me dijo, “el lector, cada uno de nosotros, el lector del cuento de Cortázar, nosotros somos los asesinos, cada uno de los lectores del cuento puede ser el asesino porque al leer el cuento el lector, no el lector-protagonista, sino el lector-lector del relato escrito, es quien decide quien mató al lector-protagonista”. Toda una lección que no me dejó convencido.
Ayer, en París, en una tertulia que se formó después de la mesa redonda que tuvimos en el Instituto Cervantes sobre el gran escritor argentino, volví a preguntar impertinente, y un poco pesado, por el mejor de sus cuentos. Hubo un par de participantes que trajeron a primer plano “Continuidad de los parques”. Cuando pregunté por el asesino del relato al principio se sorprendieron, pero después cada uno escogió el suyo. Recordé otra vez que los perros no ladraron porque no tenían que ladrar (porque conocían al asesino) y que hubo, al principio del relato, un detalle insobornable a la exégesis: la bronca entre el mayordomo y el dueño de la casa, el lector que muere en la lectura. Muchos se inclinaron por la tesis de Chirinos, que era la más al uso y clara, me dijeron. Otros estuvieron de parte de la tesis de Vargas Llosa, que el asesino no existe sino en la ficción, que es de donde sale. Conmigo, en la tesis del suicidio, no estuvo nadie. Como siempre, me quedé solo en mis propuestas, pero lo pasamos muy bien con paté de campaña y champán. Lo pasamos muy bien, Juan Manuel Bonet, Eduardo Ramos-Izquierdo, el propio Vargas Llosa, Jorge Edwards, Raquel Caleya y otras mujeres bellas e inteligentes que asistieron a la conversación y participaron de ella tal como Cortázar requería de sus lectores: que todos fueran activos en la lectura y en la interpretación de sus textos.

Cosa del siglo pasado

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Estoy en París. En los medios informativos y entre la gente de la calle no se han apagado los ecos de las manifestaciones del pasado domingo contra la ley de los matrimonios gays. Mi asombro es mayúsculo: París, Francia, aunque una minoría de una minoría, se ha echado a la calle para discutir a gritos y violentamente una cosa tan del siglo pasado como los matrimonios gays. Siempre tuve, y sigo teniendo a París, como una ciudad libre en la que me siento en casa, rodeado de parisinos que no lo parecen: hasta me son simpáticos, frente a los que dice tanta gente. Siempre vi en París un destino de libertad y libre pensamiento donde todo saber tenía su asiento y donde toda libertad encontraba un hueco lleno de calor y dignidad. Sí, como decía Hemingway, París era y sigue siendo una fiesta en cualquier estación del año.Por eso me siento sorprendido, negativamente asombrado porque esta minoría haya hecho de París, aunque sea durante unas horas y en aras de la libertad tal vez mal entendida, un campo de batalla para defender el matrimonio hetero frente a quienes, con toda razón, exigen el mismo derecho que el que nosotros tenemos: el derecho a convertir su condición humana en una realidad legal, una realidad tan legal como la que hemos tenido los heterosexuales todos estos siglos. ¿Por qué enfrascarse en una batalla perdida, una guerra del siglo XX ya pasado, que no conduce a ninguna parte? El empecinamiento de ciertas ideologías en darle marcha atrás a la historia es pertinaz y erróneo. La homosexualidad es una constante en la Humanidad y en la Naturaleza entera, y querer demostrar lo contrario, sobre todo ante la evidencia de los hechos, me parece a estas alturas del siglo, y con la que está cayendo, de una desvergüenza descomunal. quiero decir que estoy en un París que sigue siendo tan libre como lo fue siempre, desde el día en que los revolucionarios decidieron acabar con las prebendas aristocráticas, descabezaron a la nobleza y proclamaron la soberanía del pueblo. Así es, si así os parece, y por eso tengo para mí que París, una idea y una ciudad que no se acaban nunca, está por encima de todos estos episodios que van contra la libertad y contra el camino de la Historia. Ahora, en un rato libre, busco por las calles a Marcel Proust. Tal vez lo encuentre en este mundo libre y lo invite a tomar un café conmigo y a charlar un rato sobre los últimos acontecimientos parisinos. Tal vez me dé la razón…